Discurso de inauguración del

Ministro de Relaciones Exteriores de la Nación

-  15 de junio de 1921  -

​          La noble colectividad italiana no pudo, sin duda, hacer a la Argentina ofrenda mayor en la primera centuria de su independencia, que erigiendo este grandioso monumento, que representa el creador de un mundo, el triunfo de un ideal y la fuerza de una fe.  Y hallasteis bien, señores, el simbolismo; porque ideal y fe fueron la esencia de nuestra lucha emancipadora, y en otro orden de conquistas, los mismos atributos que os atrajeron a vosotros a estas lejanas tierras y que os hicieron triunfadores en el mundo nuevo.

          La potencia del genio crea, la fe en el ideal realiza.  Sólo ella es capaz de penetrar la razón humana, cuyo primer movimiento es siempre de resistencia a toda nueva idea, y cuya visión se ciega ante los rayos de toda nueva luz.  Por eso, el triunfo de la civilización no es sino la resultante final de los prejuicios que se derrumban ante las conciencias que se iluminan.

          Nos hallamos ante un hecho profundamente sugestivo.  Italia da un día el genio de su hombre; España, la fuerza propulsora.  De esa armonización sublime surge un mundo.  Y hoy, corridos los siglos, esta América debe prin­cipalmente su progreso, a la conjunción étnica que derraman en el vasto continente, los hijos del gran pueblo que dio el genio y los de la poderosa nación que dio la fuerza.  Es el triunfo de la directriz inicial que permanece la misma, y que, como un misterio, se realiza igual a través de los tiempos.

          Nosotros los argentinos bendecimos la persistencia de ese fenómeno que se ha convertido en el factor normal de nuestro engrandecimiento.

          Es así que los italianos se identificaron en horas intensas de nuestra historia a las más caras esperanzas de los argentinos y cooperaron el progreso de la Nación con su esfuerzo denodado, constituyendo por virtud de su fe en los destinos de esta Patria una de las bases de nuestro porvenir, nuestros hogares y nuestra sociedad.

          Este hermoso monumento, exponente genial del arte, dará imperecedero testimonio de la magnífica generosidad de los hijos de Italia con nosotros y de la gratitud eterna del pueblo en cuyo nombre el Gobierno de la Nación lo acepta.

 

          SEÑOR EMBAJADOR:

          Vuestro augusto soberano ha querido enaltecer aún más este homenaje, tomando parte en él por vuestro intermedio; en nombre del Excmo. señor Presidente de la República, os ruego seáis a la vez intérprete del agradecimiento del pueblo argentino.

Discurso de S. E. el Ministro de Relaciones Exteriores

Dr. HONORIO PUEYRREDÓN